Ocho cosas que no hay que hacer después de los 60
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Lo que no hay que hacer después de los 60: es perjudicial para la salud
A partir de los 60 años, el cuerpo humano no sólo envejece, sino que pasa a «carriles» biológicos y hormonales completamente distintos. El peligro de esta edad no reside en los números del pasaporte, sino en el deseo de mantener los hábitos eficaces a los 30, 40 o 50 años. Pero, como señalan psicólogos y gerontólogos, lo que antes se percibía como normal a partir de los 60 empieza a jugar en contra.
Lo que debe revisar para preservar su calidad de vida y su salud cerebral
Comidas nocturnas de costumbre
En años más jóvenes, el metabolismo permitía cenar tarde impunemente. Sin embargo, a partir de los 60 años, la secreción de enzimas digestivas y bilis disminuye de forma natural y baja la acidez del jugo gástrico.
Una cena tardía, sobre todo rica en hidratos de carbono (té y bocadillo, gachas), provoca un fuerte pico de insulina. Esto provoca inflamación, edema y retención de grasa.
Es mejor trasladar la cena a las 18:00-19:00. Elige alimentos proteicos ligeros (huevos, pescado) en combinación con verduras procesadas térmicamente.
Come fritos y carbohidratos todos los días
Los nutricionistas señalan que, a partir de los sesenta años, la forma de preparar la comida y la elección de los alimentos se convierten en un factor decisivo para la longevidad. Freír a altas temperaturas, sobre todo en freidoras, convierte las patatas normales o los donuts en una fuente de compuestos peligrosos que desencadenan la inflamación y aumentan considerablemente el riesgo de cáncer. Renunciar a este tipo de platos no es sólo una dieta, sino una forma real de ralentizar el envejecimiento biológico del organismo.
Igualmente importante es replantearse por completo la actitud hacia los carbohidratos simples. El azúcar y los productos de harina blanca se convierten en los principales enemigos de la salud a partir de los sesenta años, ya que destruyen instantáneamente los vasos sanguíneos y alteran el metabolismo. Deshacerse de la adicción al azúcar y a las harinas y evitar el consumo de contenidos hostiles «de detrás de la acera» son reglas fundamentales que mantendrán su mente despejada y su cuerpo limpio durante años.
Negarse a hacer ejercicio
Existe la creencia popular de que a partir de los sesenta hay que cuidarse al máximo y limitarse a tranquilos paseos, pero la ciencia moderna dice lo contrario. El verdadero peligro reside en un proceso llamado sarcopenia, que es la pérdida gradual e imperceptible de tejido muscular que se acelera con la edad. Si los músculos no se ejercitan con regularidad, empiezan a fundirse y pierden hasta un dos por ciento de su masa cada año. Esto desencadena una reacción en cadena: los huesos se vuelven quebradizos, el metabolismo se ralentiza y la coordinación de los movimientos se deteriora, lo que aumenta enormemente el riesgo de caídas y lesiones accidentales.
Es importante darse cuenta de que unos músculos fuertes no tienen que ver con los récords deportivos, sino con el escudo biológico fiable que mantiene el equilibrio hormonal y el metabolismo normal. Para detener este proceso, no es necesario agotarse en el gimnasio. Basta con adquirir el hábito de realizar sencillos ejercicios en casa: subir unas cuantas veces las escaleras en lugar de coger el ascensor, realizar una serie de sentadillas apoyado en una silla o utilizar botellas de agua normales como ligeras mancuernas. Estos esfuerzos regulares ayudan al cuerpo a mantenerse funcional y dan energía para una vida activa.
Percepción del insomnio como algo inevitable
Muchas personas se acostumbran a pensar que el sueño interrumpido o alterado es una parte necesaria del envejecimiento que simplemente hay que aceptar. Sin embargo, en realidad, dormir mal no es la norma a ninguna edad.
La privación crónica de sueño actúa insidiosamente sobre el organismo: agota gradualmente los recursos del sistema nervioso, volviéndonos irritables y cansados.
A menudo, los problemas de sueño no son sólo cansancio, sino una señal de cambios hormonales, como una deficiencia de progesterona o estrógenos, responsables de nuestra capacidad para relajarnos.
Para recuperar una relajación de calidad, conviene fijarse en los hábitos nocturnos. Lo mejor es imponerse una regla de «silencio digital» y guardar el smartphone o la tableta al menos una hora antes de acostarse. En lugar de pantallas, prueba rituales calmantes: un baño caliente con sales de magnesio o el uso de aceites esenciales pueden ayudar a tu cuerpo a darse cuenta de que el tiempo de actividad ha pasado y es hora de recuperarse.
Aislamiento social
Los psicólogos están convencidos de que la soledad a partir de los sesenta años es una amenaza para la salud física, comparable a años de tabaquismo. Cuando una persona está socialmente aislada, su organismo empieza a funcionar mal en los niveles más profundos: el sistema inmunitario se deprime y la función intestinal, que está directamente relacionada con nuestro estado emocional, se altera.
El hecho es que el contacto en vivo con otras personas es el combustible natural más potente para nuestro cerebro. Hablar, compartir emociones o reír juntos produce neurotransmisores de alegría, que nos mantienen con energía y nos dan sensación de seguridad. Sin este estímulo, el cerebro empieza a perder su actividad y el cuerpo es más propenso a sufrir enfermedades crónicas.
No hace falta asistir a eventos ruidosos todos los días para marcar la diferencia. Cualquier comunicación regular con el mundo exterior es suficiente para mantener el cerebro «en juego». Puede ser una breve conversación con un vecino, una llamada a un viejo amigo o incluso un mensaje de mensajería. Lo principal es no dejarse encerrar entre cuatro paredes, porque toda interacción sincera fortalece el sistema inmunitario.
Vivir como antes, en patrones
La flexibilidad cognitiva, llamada neuroplasticidad por los científicos, es la capacidad de nuestro cerebro para cambiar y establecer nuevas conexiones. No desaparece con la edad, sino que necesita «combustible» constante en forma de nuevas experiencias. Cuando cada día se convierte en una copia idéntica del anterior, el cerebro entra en modo de ahorro de energía y poco a poco empieza a «dormirse», perdiendo la capacidad de procesar rápidamente la información.
La falta de nuevos retos y estímulos crea un terreno propicio para el desarrollo de la demencia y otros trastornos cognitivos. Sin trabajo activo, las células nerviosas pierden conexiones entre sí, lo que repercute directamente en la memoria y la velocidad de pensamiento.
Para mantener la agudeza mental, es importante romper conscientemente con los patrones habituales. Esto no requiere un esfuerzo extraordinario: pruebe a ir a la tienda por una calle distinta, aprenda algunas palabras extranjeras durante el café de la mañana, reorganice los muebles de su habitación o ponga música que nunca antes había escuchado. Cada pequeño cambio de este tipo hace que el cerebro trabaje más, construyendo nuevas autopistas neuronales y manteniéndole mentalmente más joven.
Intentar ser la «versión de 40 años de ti mismo»
Uno de los mayores escollos después de los sesenta es la obsesión por seguir siendo la misma persona de hace veinte años. Intentar exprimirse artificialmente para ser la versión cuarentona de uno mismo, exigiendo a nuestro cuerpo el mismo esfuerzo, ritmo y resultados, sólo suele conducir al agotamiento y la frustración. Es una forma de luchar contra tu propia naturaleza, quitándote una energía preciosa en lugar de aumentarla.
De hecho, tu cuerpo después de los sesenta no está roto ni dañado en absoluto, simplemente se ha vuelto diferente. Ahora es mucho más inteligente, está más afinado y es extremadamente sensible a tus acciones. Si dejas de tratarlo como una vieja máquina que necesita reparación y empiezas a escucharlo, puedes descubrir una fuente de fuerza interior.
Una verdadera nueva versión de la vida no empieza cuando eres joven, sino cuando dejas de competir con el pasado. Este es el momento en que la autoaceptación se convierte en tu mayor activo. Cuando dejas de luchar contigo mismo y empiezas a actuar desde el respeto a tus necesidades presentes, el cuerpo responde con gratitud, dándote la oportunidad de vivir una vida de calidad, profundidad y plenitud, independientemente de los números que figuren en tu pasaporte.
Pensar que la vida ha pasado
Muchos sesentones creen en el mito de que los mejores años quedan lejos en el pasado. Pero olvidan que ese «periodo dorado» suele producirse en una época en la que aún no tenemos estabilidad económica, o durante años de trabajo agotador en los que no podíamos permitirnos ni siquiera un breve respiro. Nos acostumbramos a vivir en modo de búsqueda constante, posponiendo el verdadero placer para más adelante, y como resultado empezamos a pensar que después de los sesenta la vida se desvanece gradualmente.
Sin embargo, deberíamos contemplar esta edad desde un ángulo muy distinto. ¿Cómo, exactamente, llega ahora ese momento perfecto que llevas esperando toda la vida? Es el periodo en el que por fin tienes la oportunidad de parar, distraerte de un sinfín de obligaciones y empezar a pasar tus días exactamente como te gusta, no como te exigen las circunstancias. Te liberas de la necesidad de demostrar algo a alguien o de llegar a tiempo a algún sitio.